El evento se realizó el 19 de noviembre en la estación José Hernández y contóá con la participación del ganador del certamen, quien brindó herramientas para retratar el entorno urbano.

La red de transporte subterráneo de la Ciudad Autónoma de Buenos Aires se despidió de una de las propuestas culturales más interesantes de la temporada. La exposición itinerante titulada Instantáneas en el subte: miradas en viaje llegó a su fin el martes 19 de noviembre con una actividad especial abierta a la comunidad. El cierre de esta muestra, que supo capturar la esencia del usuario en movimiento, en pausa o en relación con su entorno, se llevó a cabo a las 11:00 en la estación José Hernández de la Línea D. Allí se ofreció un taller fotográfico gratuito, una oportunidad ideal para quienes desearon profundizar en el arte de la imagen urbana.

El eje curatorial de la exhibición puso el foco en la experiencia humana bajo tierra, explorando las múltiples facetas de quienes transitan diariamente por la capital nacional. Entre los artistas seleccionados se destaca Max Varela, ganador de la muestra, quien será uno de los dos disertantes encargados de dictar el taller de cierre. La obra de Varela logró convertir el movimiento de los pasajeros en un componente arquitectónico más del espacio cotidiano, fusionando la dinámica de los cuerpos con la estructura estática de las estaciones.

En este sentido, la diversidad de miradas y técnicas fue el sello distintivo de esta convocatoria. La arquitectura y el espacio público funcionaron como ejes centrales para varios de los expositores, aunque abordados desde perspectivas técnicas radicalmente opuestas. Por su parte, Aurora Malfatti optó por la fotografía estenopeica, un procedimiento artesanal que prescinde de lentes y exige largas exposiciones. Esta elección técnica obligó a una pausa en medio de la vorágine del transporte, capturando una atmósfera etérea.

A su vez, la historia de la fotografía se hizo presente a través del trabajo de Antonella Fumarola, quien se destacó por su uso de la cianotipia. Esta técnica histórica, desarrollada originalmente en 1842, utiliza sales de hierro y la exposición solar para producir imágenes de un azul profundo, otorgando a las escenas subterráneas una tonalidad onírica y atemporal que contrasta con la modernidad del servicio.

También hubo lugar para la experimentación tecnológica contemporánea. Iara Zovich, conocida artísticamente como Púrpura Quinacridona, utilizó la herramienta más accesible de nuestro tiempo: el teléfono celular. Con este dispositivo, propuso encuadres que alteran la familiaridad de lo cotidiano, permitiendo al espectador imaginar qué es lo que permanece oculto en el entorno urbano de CABA, desafiando la percepción habitual del viajero.

La luz y el movimiento fueron protagonistas en varias de las series seleccionadas. El venezolano Joel Hernández eligió la exposición prolongada como recurso narrativo para transformar el desplazamiento de los usuarios en líneas de luz, dotando de una vida vibrante a los elementos estáticos del Subte. En la misma línea, Nicolás Oliverio transformó lo cotidiano en un espacio irreal mediante el uso expresivo de la luz y el color, abriendo paso a la fantasía y la distopía en los túneles porteños. Por otro lado, Maksim Levin, nacido en Rusia, resaltó el contraste de colores buscando sugerir una dimensión irreal dentro de la rutina diaria.

Desde una perspectiva más conceptual, Rod Isaurralde concibió el subte como un territorio de suspensión. En sus imágenes, los cuerpos y los espacios se funden en atmósferas irreales, capturando esa sensación de limbo que muchas veces experimenta el pasajero. Ariel Orrego, influenciado por estéticas orientales, exploró el concepto japonés are, bure, boke. Esta técnica se caracteriza por imágenes en blanco y negro de aspecto granulado y desenfocado, lo que le permitió capturar la esencia cruda de la vida urbana.

El registro documental y la memoria también tuvieron su espacio preponderante. Gonzalo Sánchez Segovia propuso un registro minucioso de la vida cotidiana y la resignificación de lo rutinario como temas recurrentes en su obra. De tal modo, Lihuel González atravesó su producción con la exploración de la memoria y el tiempo, documentando objetos y espacios a punto de desaparecer para establecer un diálogo entre lo poético y lo inadvertido.

El factor humano, con sus gestos mínimos y sus historias silenciosas, fue capturado por varios lentes. Maximiliano Vernazza plasmó su interés en el fotoperiodismo documentando esos pequeños instantes que revelan pausas, cuidados y esperas, explorando la tensión existente entre lo efímero del viaje y lo permanente de la arquitectura. Carolina Jaramillo se inclinó por una mirada documental y lúdica, enfocada en las relaciones y gestos que se inscriben en el espacio urbano, priorizando la interacción por sobre los sujetos individuales.

El minimalismo caracterizó la propuesta de Martín Fernández, quien a través de retratos incompletos invitó a reflexionar sobre el anonimato y la fugacidad de los encuentros en el espacio público, una constante en la vida de la Ciudad. Finalmente, Maggy Idobro-López presentó un subte que trasciende su función de transporte, permitiendo imaginar historias personales a partir de registros documentales y contrastes visuales.

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