Avenida de Mayo 1370

En pleno corazón de Buenos Aires se levanta uno de los edificios más singulares de la Ciudad: el Palacio Barolo, una obra que combina arquitectura, literatura, simbolismo e historia. Proyectado por el arquitecto italiano Mario Palanti en 1919 y terminado en 1923, el edificio se convirtió rápidamente en un emblema de la Buenos Aires de comienzos del siglo XX.

Durante 13 años fue la construcción más alta de la Ciudad. Sus 103 metros de altura superaron incluso a la Galería Güemes y recién perdió ese lugar cuando, en 1935, se inauguró el edificio Kavanagh, de 120 metros.

Pero el Barolo no fue pensado simplemente como un edificio monumental. Desde su concepción estuvo atravesado por la admiración de Palanti y de su impulsor, el empresario italiano Luis Barolo, por Dante Alighieri y su obra más célebre, La Divina Comedia.

Un edificio pensado como una obra literaria

La historia del Palacio Barolo comienza con Luis Barolo, un empresario italiano que llegó a la Argentina en 1890 y construyó su fortuna en la industria textil. Instaló la primera hilandería de lana peinada del país y posteriormente adquirió grandes extensiones de tierras en el Chaco para dedicarse al cultivo de algodón.

Barolo compartía con Palanti una profunda admiración por Dante. Ambos llegaron a imaginar un proyecto ambicioso: construir un edificio que evocara al poeta italiano y que, además, pudiera convertirse en el lugar donde descansaran sus cenizas.

La arquitectura del palacio fue concebida a partir de múltiples referencias a La Divina Comedia. El edificio se organiza simbólicamente en tres grandes niveles que remiten al Infierno, el Purgatorio y el Paraíso.

En la planta baja, por ejemplo, aparecen ménsulas con formas de dragones que parecen vigilar a quienes atraviesan el pasaje, asociadas al universo del Infierno. En el extremo superior, en cambio, la torre culmina con una representación de los nueve coros angelicales, vinculados con el Paraíso.

La simbología también aparece en las proporciones del edificio. El proyecto incorpora principios como el número de oro y la sección áurea, mientras que diferentes medidas y elementos arquitectónicos fueron relacionados por su creador con la estructura del poema de Dante.

Un pasaje que une dos avenidas

Una de las características más particulares del Palacio Barolo se encuentra en su planta baja. Un pasaje atraviesa longitudinalmente el edificio y conecta Avenida de Mayo con Hipólito Yrigoyen.

El recorrido está acompañado por locales comerciales y una bóveda ornamentada con inscripciones en latín. La disposición del espacio hace que el interior del edificio se integre con la vida de la calle y convierta al palacio en un lugar de tránsito, encuentro y contemplación.

La fachada, por su parte, combina balcones, volúmenes salientes, curvas y diferentes niveles que producen una composición difícil de encasillar en un único estilo. Esa singularidad fue también motivo de críticas cuando el edificio comenzó a levantarse.

El terreno elegido tenía una superficie de 1.365 metros cuadrados, con un frente de poco más de 30 metros. Para construirlo se utilizaron miles de ladrillos, toneladas de hierro y enormes cantidades de cemento y materiales destinados a pisos, estucos y revestimientos.

El faro que podía verse desde Uruguay

Uno de los elementos más llamativos del Palacio Barolo es su cúpula. Alcanza los 90 metros y, con el faro instalado en su parte superior, llegaba aproximadamente a los 100 metros.

El faro contaba originalmente con una potencia de 300.000 bujías y su luz podía ser observada desde Montevideo. Sin embargo, en 1930 el Ministerio de Marina dispuso el reemplazo del foco porque su intensidad podía generar confusión a los barcos que ingresaban al puerto.

Desde entonces, el faro quedó reservado para determinadas celebraciones y acontecimientos especiales.

El Palacio Barolo tiene además un edificio hermano al otro lado del Río de la Plata: el Palacio Salvo, en Montevideo, también proyectado por Mario Palanti.

Una construcción llena de historias

El Barolo fue concebido como un edificio moderno y monumental. Contaba originalmente con cientos de locales y miles de ventanas distribuidas en sus diferentes niveles, además de restaurante y salas de reuniones.

Su construcción tampoco estuvo exenta de sobresaltos. En 1922 aparecieron fisuras en la cúpula que llegaron a generar preocupación sobre la estabilidad de la estructura. Sin embargo, el edificio continuó en pie y aquellas marcas no impidieron que se consolidara como uno de los grandes símbolos arquitectónicos de Buenos Aires.

Entre las historias vinculadas con el palacio aparece también la pelea entre Luis Ángel Firpo y Jack Dempsey, en 1923. Desde el edificio, miles de porteños siguieron las noticias sobre el combate y sus resultados.

Otro detalle curioso está relacionado con sus ascensores. El edificio contó con montacargas y ascensores especialmente diseñados, algunos de ellos ocultos. Según el relato conservado sobre el palacio, Barolo utilizaba estos recorridos para trasladarse desde sus oficinas hacia los subsuelos sin cruzarse con sus inquilinos.

La huella de Mario Palanti

Palanti no se limitó a diseñar la estructura general del edificio. Su intervención alcanzó numerosos detalles, desde los ascensores hasta las manijas de las puertas.

El arquitecto dejó también otras obras en Buenos Aires, entre ellas el Hotel Castelar, el Cine Roca y el Banco Francés-Italiano, además del Palacio Salvo de Montevideo.

Su carrera argentina, sin embargo, terminó abruptamente. Su vínculo con el fascismo y su admiración por Benito Mussolini lo llevaron a proyectar la Mole Littoria, una monumental obra vinculada con el régimen italiano. En 1933 abandonó la Argentina y regresó a Italia.

Dante y Beatriz, una historia de amor que atraviesa el edificio

La inspiración literaria del Palacio Barolo no puede comprenderse sin detenerse en la figura de Beatriz Portinari, el gran amor idealizado de Dante.

Según la tradición, Dante conoció a Beatriz durante su juventud y quedó profundamente enamorado de ella. Beatriz se convirtió en la musa de buena parte de su obra, aun cuando nunca existió entre ambos una relación correspondida.

Tras la muerte de Beatriz en 1290, Dante volcó su dolor y su admiración en la poesía. Su figura adquirió una dimensión espiritual y literaria que alcanzó su máxima expresión en La Divina Comedia.

Esa relación entre amor, muerte, espiritualidad y trascendencia también está presente en la concepción simbólica del Palacio Barolo. El edificio puede leerse, de este modo, como una interpretación arquitectónica del viaje de Dante desde el Infierno hasta el Paraíso.

Un ícono que sigue mirando a la Ciudad

Luis Barolo murió antes de ver terminado el edificio que había financiado. Su proyecto, sin embargo, sobrevivió a su creador y se incorporó definitivamente al paisaje porteño.

Con sus 22 pisos, su monumental cúpula, el faro y el pasaje que conecta dos calles, el Palacio Barolo se convirtió en una pieza fundamental de Avenida de Mayo y en uno de los grandes exponentes de la primera modernidad arquitectónica de Buenos Aires.

Hoy sus oficinas continúan ocupadas por estudios profesionales y su estructura conserva buena parte de los elementos que hicieron de esta construcción una obra excepcional. Más que un edificio, el Barolo es una historia construida en piedra, cemento y hierro: un recorrido arquitectónico inspirado en Dante, atravesado por símbolos y abierto a la Ciudad, donde cada piso, cada detalle y cada rincón parecen formar parte de una obra mucho más grande.

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