
Riobamba 750
Estilos: Arquitectura ecléctica, Beaux Arts
Inauguración: 1894
Pisos: 3
El Palacio de Aguas Corrientes, cuyo nombre oficial es Gran Depósito Ingeniero Guillermo Villanueva, es uno de los edificios más singulares y reconocibles de Buenos Aires. Ubicado en la avenida Córdoba 1950, en el barrio de Balvanera, fue construido a fines del siglo XIX para albergar los grandes tanques destinados al abastecimiento de agua potable de una ciudad que crecía a un ritmo vertiginoso. Desde 1989 es Monumento Histórico Nacional.
Una respuesta al crecimiento de Buenos Aires
Durante la segunda mitad del siglo XIX, Buenos Aires experimentó una profunda transformación. El crecimiento demográfico, impulsado en gran medida por las corrientes migratorias, convirtió a la ciudad en un importante centro portuario y comercial. Pero el aumento de la población también puso en evidencia las deficiencias de los servicios sanitarios.
Las condiciones de hacinamiento y la falta de una infraestructura adecuada favorecieron la aparición de graves epidemias. El cólera provocó numerosas muertes en 1867; dos años después, la fiebre tifoidea volvió a golpear a la población. El episodio más dramático ocurrió en 1871, cuando la epidemia de fiebre amarilla causó miles de víctimas y modificó para siempre la manera en que las autoridades entendían la salud y el saneamiento urbano.
Ante esta situación, se decidió dotar a Buenos Aires de una moderna red de agua corriente. El proyecto siguió los lineamientos del ingeniero civil inglés John Bateman, quien en 1886 presentó un ambicioso plan para mejorar el sistema de abastecimiento. El depósito debía ubicarse en una zona estratégica de la ciudad y conectarse con una extensa red de cañerías subterráneas.
La construcción del edificio fue concebida con una particularidad que todavía sorprende: una instalación destinada a una función esencialmente utilitaria debía tener la apariencia de un verdadero palacio.
Una construcción monumental
El proyecto estuvo inicialmente a cargo de Bateman, Parsons & Bateman. Debido a las dificultades económicas del Estado, las obras de salubridad fueron posteriormente concesionadas y la empresa Samuel B. Hale y Co. asumió los trabajos.
La fachada fue encomendada a Juan B. Médici, bajo la dirección del ingeniero sueco Carlos Nystönner y del arquitecto noruego Olof Boye. Las obras comenzaron en 1887 y demandaron el trabajo de alrededor de 400 obreros. Siete años después, en 1894, el imponente edificio fue inaugurado durante la presidencia de Luis Sáenz Peña.
A lo largo de su historia, el Palacio estuvo vinculado a distintas instituciones encargadas del servicio de agua, entre ellas Obras Sanitarias de la Nación, que instaló allí sus oficinas hacia 1930, y posteriormente Aguas Argentinas. Actualmente forma parte de AySA, Agua y Saneamientos Argentinos.
En 1989, el edificio fue declarado Monumento Histórico Nacional, reconociendo tanto su valor arquitectónico como su importancia en la historia sanitaria y urbana de Buenos Aires.
Un palacio para guardar agua
El Palacio de Aguas Corrientes es una de las expresiones más exuberantes de la arquitectura porteña de fines del siglo XIX. Su diseño ecléctico está inspirado en la arquitectura del Segundo Imperio Francés y combina una enorme variedad de elementos ornamentales.
Detrás de su espectacular fachada se encontraba una compleja estructura destinada a sostener 12 grandes tanques de agua, con una capacidad total de aproximadamente 72 millones de litros. Los depósitos descansaban sobre un sistema de columnas, vigas y estructuras metálicas especialmente diseñado para soportar su enorme peso.
El edificio cuenta además con muros de gran espesor y numerosas columnas distribuidas regularmente, mientras que un patio interior permite el ingreso de luz y ventilación a los distintos sectores. Sin embargo, es la fachada la que convirtió al Palacio en uno de los edificios más fotografiados de Buenos Aires.
Una fachada llegada de Europa
El exterior está revestido con alrededor de 130.000 ladrillos esmaltados y 170.000 piezas de cerámica, muchas de ellas fabricadas en Europa y cuidadosamente numeradas para facilitar su colocación.
El proyecto original contemplaba una fachada revestida en mármol, pero finalmente se optó por piezas de terracota elaboradas por prestigiosas empresas británicas, entre ellas Royal Doulton & Co., de Londres, y Burmantofts Company, de Leeds. A esto se sumaron las cubiertas de pizarra verde importada de Francia.
La combinación de colores, relieves, molduras, figuras y elementos decorativos convierte al edificio en una verdadera pieza de arquitectura ornamental. Desde la calle, resulta difícil imaginar que detrás de semejante despliegue se encontraba, simplemente, un gigantesco depósito de agua.
El lujo de una obra utilitaria
Desde su construcción, el Palacio de Aguas Corrientes despertó opiniones encontradas. Algunos consideraron excesivo que una infraestructura sanitaria tuviera una apariencia tan monumental y cuestionaron el enorme costo destinado a su ornamentación.
Sin embargo, la elección no era tan excepcional para la época. A fines del siglo XIX era frecuente que edificios vinculados con funciones prácticas —como estaciones ferroviarias, mercados, depósitos o instalaciones de servicios públicos— recibieran fachadas monumentales destinadas a transmitir una imagen de progreso, modernidad y prosperidad.
El Palacio de Aguas Corrientes es, precisamente, uno de los ejemplos más extraordinarios de esa concepción: una obra de ingeniería escondida detrás de una fachada palaciega que convirtió una necesidad sanitaria en uno de los grandes íconos arquitectónicos de Buenos Aires.
Para conocer el Museo del Agua y de la Historia Sanitaria:
Visitas guiadas
Lunes, miércoles y viernes 11 h
Martes y jueves15 h
Duración: 60 minutos
Entrada general extranjeros $6.300
Entrada general residentes $3.400
Miércoles: Entrada Gratuita
Jubilados y menores de 8 años: Gratis





