El hallazgo de un pequeño Killi por parte de una estudiante de una escuela técnica de la Ciudad puso en marcha un proyecto de reproducción y reintroducción de esta especie nativa en distintos humedales de Buenos Aires.

Un pequeño pez encontrado durante una salida escolar terminó abriendo la puerta a la recuperación de una especie que llevaba más de 70 años sin registros oficiales en la Ciudad de Buenos Aires.

La protagonista del hallazgo fue una alumna de primer año de la Escuela Técnica N.º 8 de la Comuna 10, quien en mayo de 2025 encontró una hembra de Killi durante una actividad de clasificación de peces en el biocorredor del ex Olimpo. En un primer momento, el grupo no pudo determinar de qué especie se trataba. La consulta con especialistas permitió identificarla como Austrolebias bellottii, conocida popularmente como pez de lluvia o Killi.

El descubrimiento puso en marcha un proyecto conjunto entre la comunidad educativa, el Vivero de la Ciudad y especialistas en conservación, con el objetivo de reproducir ejemplares y devolverlos progresivamente a los humedales porteños.

El ejemplar encontrado fue trasladado al Vivero, dependiente de la Secretaría de Gobierno y Vínculo Ciudadano, donde se acondicionó un espacio específico para su reproducción dentro de los humedales que forman parte de este espacio. Los ejemplares nacidos a partir de este proceso serán posteriormente reintroducidos en distintos ambientes naturales de la Ciudad.

Un pez que aparece con la lluvia

Los Killi tienen una particularidad que los diferencia de muchas otras especies: son peces estacionales capaces de sobrevivir a períodos en los que su hábitat queda completamente seco.

Sus huevos permanecen en pequeñas depresiones del terreno y pueden pasar meses en el barro, en estado de latencia. Cuando regresan las lluvias y el agua vuelve a ocupar esos pequeños charcos, los huevos eclosionan y comienza nuevamente el ciclo de vida.

De allí surge su denominación de “peces de lluvia”: una especie cuya existencia está directamente vinculada al ritmo de los humedales y a los períodos de precipitaciones.

Un habitante histórico de Buenos Aires

La presencia del Killi no es nueva en el territorio porteño. Los primeros registros de Austrolebias bellottii en la Ciudad se remontan a 1917, cuando fue localizado en el barrio de Vélez Sarsfield, en una época en la que parte de esa zona estaba ocupada por chacras y terrenos atravesados por zanjas.

El último registro oficial conocido correspondía a 1955. Desde entonces, la especie dejó de ser localizada en Buenos Aires, hasta el descubrimiento realizado por la estudiante en 2025.

A partir de ese hallazgo, los docentes de la Escuela Técnica N.º 8 se pusieron en contacto con el equipo técnico del Vivero de la Ciudad y con la Killifish Foundation, que aportó conocimientos especializados para avanzar en la reproducción de los ejemplares.

Del aula al humedal

La experiencia también se convirtió en una herramienta educativa. El docente Federico Colombo explica que el trabajo derivó en el proyecto Cómo restituir el patrimonio natural de la Ciudad de Buenos Aires a través de humedales y biocorredores urbanos, que llegó a ser finalista del Premio Docentes de la Ciudad.

La iniciativa combina educación ambiental, investigación y conservación de la biodiversidad, y busca que los estudiantes puedan conocer las especies nativas directamente en los ambientes donde viven.

“Trabajar por proyectos, sacar a los chicos al campo y romper las paredes de la escuela hace que sea significativo; no es lo mismo verlo en un libro que en vivo”, destaca Colombo.

El próximo desafío será llevar adelante la reintroducción de los peces en los humedales de Lago Lugano, un ambiente que conserva uno de los últimos vestigios de los antiguos bañados de Flores y que mantiene características vinculadas con los paisajes donde históricamente habitó esta especie.

El regreso será gradual y estará acompañado por un seguimiento que permitirá evaluar cómo se adaptan los ejemplares a su nuevo entorno. Así, un descubrimiento casi casual durante una actividad escolar se transformó en una oportunidad para recuperar parte del patrimonio natural de Buenos Aires. Setenta años después, los peces de lluvia vuelven a tener una posibilidad de formar parte del paisaje porteño.

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