
Pres. Manuel Quintana 596 – lunes a jueves y domingos, de 08 a 00 h. Viernes y sábados, de 08 a 01 h.
Hay esquinas que cuentan la historia de Buenos Aires mejor que cualquier libro. Una de ellas está en Recoleta, donde la avenida Quintana se cruza con la calle Junín. Allí, frente a la Basílica del Pilar y al histórico Cementerio de la Recoleta, La Biela sigue recibiendo a vecinos y viajeros como lo hace desde hace más de un siglo. Declarado Bar Notable y Lugar de Interés Cultural de la Ciudad, es uno de esos cafés donde cada mesa guarda una anécdota y cada rincón respira historia.
Su origen se remonta a mediados del siglo XIX, cuando funcionaba como un pequeño café con apenas 18 mesas sobre una estrecha vereda. En aquellos tiempos era conocido como La Veredita, un nombre que, según la tradición, nació de las quejas de un vecino que les pedía a los motociclistas que no estacionaran allí porque le rompían «la veredita».
A comienzos del siglo XX cambió su nombre por Aerobar, ya que era el punto de encuentro de pilotos de la aviación argentina cuyas oficinas estaban ubicadas justo enfrente. Sin embargo, el destino todavía le tenía reservado el nombre que lo convertiría en una leyenda porteña.
La historia más famosa ocurrió en la década de 1950, cuando el automovilismo vivía su época dorada. Cuenta la tradición que el piloto Beto Mieres sufrió la rotura de la biela de su automóvil justo en esa esquina. Mientras esperaba resolver el desperfecto, entró al café a tomar un descanso. A partir de entonces, él y sus compañeros eligieron el lugar como punto de reunión. Muy pronto comenzaron a frecuentarlo nombres ilustres como Juan Manuel Fangio, Froilán González, Charlie Menditeguy, Eduardo Copello, Ernesto Tornquist y Rolo Alzaga, quienes empezaron a llamarlo «La Biela Fundida». Con el tiempo, el apodo quedó reducido simplemente a La Biela, un nombre que terminó identificando para siempre al tradicional café.
Desde entonces, el espíritu del automovilismo quedó grabado en su identidad. Durante años fue considerado la sede informal de la Asociación Argentina de Automóviles Sport, y todavía hoy sus paredes exhiben fotografías de grandes pilotos, antiguas bielas, parrillas de radiador, bocinas y otros objetos que evocan la pasión por los fierros.
Pero La Biela también ocupa un lugar privilegiado en la historia de la literatura argentina. Entre sus habituales estuvieron Jorge Luis Borges, Adolfo Bioy Casares y Silvina Ocampo, quienes encontraron aquí un espacio ideal para largas conversaciones, almuerzos y tertulias.
Quienes visitan el café no tardan en descubrir uno de sus mayores atractivos: la tradicional mesa 20, junto a la entrada sobre la esquina de Quintana y Junín. Allí se encuentran las esculturas de tamaño real de Borges y Bioy Casares, realizadas por el escenógrafo y artista Fernando Pugliese. La escena recrea una de las postales más emblemáticas de la cultura porteña y es, sin duda, uno de los lugares más fotografiados de Recoleta.
Otro detalle que vale la pena observar está detrás de la barra. Allí se exhiben varias fotografías tomadas por el propio Adolfo Bioy Casares, imágenes que formaron parte del material reunido para una publicación dedicada a su inseparable amigo Jorge Luis Borges.
El amplio salón conserva intacta la elegancia de los grandes cafés tradicionales. Sus boiseries de madera, los enormes ventanales, las cortinas clásicas y la vista privilegiada hacia Plaza Francia, la Basílica del Pilar y el Cementerio de la Recoleta invitan a hacer una pausa y disfrutar de uno de los rincones más representativos de la ciudad.
Sentarse en La Biela es mucho más que tomar un café. Es recorrer una parte de la historia de Buenos Aires, compartir el mismo escenario que inspiró a escritores y campeones del automovilismo, y descubrir por qué este Bar Notable continúa siendo uno de los grandes símbolos de la identidad porteña.





